A la gente le gusta quejarse.
No tengo muchas explicaciones al respecto. A la gente le gusta quejarse, pero sobre todo le gusta que otra gente escuche pasivamente sus quejas. Sé que puede ser paradójico que yo hable de esto, justamente cuando me estoy tomando el trabajo de escribir un blog para quejarme de todo aquello que me molesta, pero creo que la diferencia radica en que si nadie lee mi blog a mí no me afecta, pero ellos, los quejosos, necesitan de un público que no sólo escuche sus quejas, sino que admire sus principios y adule sus accionares frente a aquello que les molesta.
Y a mí me rompen las bolas los quejosos.
Todo tipo de quejoso me rompe las bolas. El quejoso que plantea sus molestias a los gerentes, el quejoso que hace sonidos de fastidio frente a uno, el quejoso que te cuenta sus quejas con aires de nadieenelmundopuededudarqueyotengotodalarazón, en fin, todos los quejosos.
Y obviamente, todos los quejosos del mundo me eligen como público para sus quejas.
Sinceramente no sé bien qué hice para merecer eso. Debo haberle cagado la vida a algún faraón en el antiguo Egipto, o le debo haber soplado la mina a algún emperador griego, o sencillamente debo haber martirizado a mis esclavos quejándome del precio de las papas en los mercados de principios del siglo XIX; pero seguro que fui muuuuy jodido, porque de otra forma no puedo explicarme cómo debo padecer día a día todas las historias -casi siempre repetidas, recicladas y recauchutadas- de cómo el mundo les quiso cagar la vida a la Gorda infame y al Viejo choto, y de cómo ellos, cual justicieros, cual Capitanes América de la justicia, le dieron su merecido a tristes personajes fruto de sus invenciones.
Supongo que si me agarra un médium me caga a trompadas. Debo haber sido muy jodido en otras vidas. Si no no me lo explico.
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