martes, 29 de noviembre de 2011

Desubicada.

Supongo que Desubicada pasaría desapercibida para mí, si no fuera por un detalle puntual:

Desubicada y Gorda infame se odian.

Yo sé que odiar es por lo general una palabra fuerte, lo sé. En este caso no. El odio entre ellas es inmenso, es profundo, se odian con calma, saborean el odio. Desubicada es la enemiga número uno de la Gorda infame, su némesis, la antítesis de lo que ella es. El mundo es un lugar demasiado pequeño para ambas (bueno, sobre todo para Gorda infame). Gorda infame la detesta desde lo más básico de sus estructuras, la detesta sin siquiera buscar evitarlo. Seguro que más de una vez pensó en masticarle un brazo, o algo.

Como ya lo supondrán, esta guerra entre dos mundos es una guerra secreta. Es decir: absolutamente todas las personas que pasan por la institución, desde el director de la misma hasta el que promociona los viajes a Bariloche en la puerta, todos sabemos la magnitud de ese odio; pero ellas nunca lo explicitan entre ellas. En esa guerra todos somos soldados, todos somos partícipes, y todos presenciamos boquiabiertos el amor que se profesan cuando se ven, y el desprecio con el que hablan la una de la otra apenas se dan vuelta (y cuando digo apenas quiero decir en el exacto mismo momento, como ya ejemplifiqué en una entrada anterior).

Obviamente ambas buscan que yo tome partido por una de ellas. Intentan convencerme, adulándome, diciéndome que la otra habló mal de mí, insinuó algo malo sobre mí, narrándome como ellas me defendieron, etcéteras varios.

Si algún día se declara la anarquía en las calles, seguro que ambas se buscarían y se batirían a duelo, y yo me sentaría a comer un helado gigante de La Cigale (nada me gusta más en el mundo que comer helado gratis), a ver cómo Gorda infame se traga a Desubicada miembro a miembro (no lo duden, ganaría Gorda infame, a lo sumo se le quedarían algunas uñas postizas clavadas en la mandíbula, pero seguro que ella después las usaría de escarbadientes, o algo).

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