miércoles, 30 de noviembre de 2011

Desinflarse.

Es muy loco cómo algunas personas necesitan desesperadamente que algo grave les pase en sus vidas.

Desde las mentiras de Gorda infame, hasta las quejas de Viejo choto, pasando por las emergencias de Desubicada y las anécdotas de fin de semana que cuentan otros compañeros de trabajo, hay un denominador común: intentar sorprender al otro.

No sé cómo explicarlo claramente; pareciera que en función de la atención del otro, mi lugar en la jerarquía social de la institución sube o baja. Si cuento que el fin de semana me robaron, y de paso hago una crítica sobre la inseguridad y lo horrible que es el mundo en que vivimos, seguro que muchas personas digan algo así como "paaaaaah", lo cual me convierte automáticamente en un salado, y paso a gozar de un prestigio bastante duradero. Si además relato con detalle cómo llamé a un vecino, nos armamos hasta los dientes, agarramos a los ladrones y los torturamos de diez maneras distintas haciéndolos sufrir, probablemente logre que las alabanzas a mi favor lleguen al paroxismo, y que la Gorda infame tenga un orgasmo involuntario, o vaya a su casa a darse una panzada de chocolates, como mínimo.

Pero si mis anécdotas de fin de semana pasan por contar que fui a la placita con mi hija y mi compañera, que tomamos mate y comimos torta, que vimos cómo caían las hojas de un árbol mientras jugábamos a adivinar cuál sería la próxima en caer, o simplemente que vimos una película, la gente pasa a mirarte como con pena, ladeando la cabeza y mirándote con cara de "pobre tipo, qué vida aburrida, vacía, triste". A lo sumo, en algún arrebato de esperanza, te preguntarán algo así como "¿y el árbol se cayó arriba de alguien? ¿una de las hojas cayó justo sobre los ojos de una pobre niña rubia (aman a los rubios) y la dejó ciega de por vida?" o "¿la película era un documental sobre la vida de algún asesino de acá, al que podemos pasar el resto de la tarde odiando?"

Pero ante la respuesta negativa, se desinflan como globos aburridos, y se hunden en sus sillas con decepción. Todos menos Gorda infame, que es medio imposible de desinflar.

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