viernes, 25 de noviembre de 2011

La termita de la paciencia.


Bueno, supongo que debo empezar por algún principio.
El primer dato que me parece importante dar es que trabajo en un liceo. No importa si es grande o chico, pobre o rico, público o privado; lo que importa es que trabajo en un centro educativo, con gente presuntamente educadora (subrayo el "presuntamente").
No voy a dedicar ni una entrada del blog a realizar un análisis de la realidad de la Educación Secundaria uruguaya, ni a cuestionar la currícula, la Ley de Educación, el plan ProMejora o la existencia de la Bianchi como directora de un liceo. Para todo eso tengo otros espacios, y aquellos que me conocen y saben la identidad oculta tras estas letras (opitingui), saben a ciencia cierta que opino constantemente en otros espacios cibernéticos como Facebook, o en la vida diaria y conversaciones cotidianas varias. No, este blog no intenta cambiar el mundo, sino evitar que me salga una úlcera por no expulsar de mi cuerpo todas las experiencias nefastas pero sin trascendencia alguna que vivo día a día. Las experiencias intrascendentes tienen ese problema: no vale la pena comentarlas, no tienen relevancia para nadie, pero son como una termita horadando la superficie de la paciencia y la paz mental. Y yo necesito que este blog sea como un antitermiticida (sépanlo desde ahora: adoro los neologismos).
Entonces acá me permitiré ser un idiota, sin prurito alguno. Pero aclaro, también: no soy un idiota soberbio, que se cree superior a sus compañeros de trabajo. No, soy un idiota que se va a quejar de aquello que le tocó en suerte, así como tanto le molesta que lo hagan sus compañeros de trabajo. En última instancia, y tal como me lo dijo mi compañera el otro día: no soy un idiota soberbio, sino un tipo que se siente sapo de otro pozo.
Sin más aclaraciones, supongo que en las próximas entradas dejaré de prometer tanto y cumpliré con mi cometido principal, porque estoy a punto de ahogarme en mi propio vómito.

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