sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Qué más voy a responder?

Venía hablando de las quejas de la gente, creo (me di cuenta que me embola releer lo que ya escribí, así que puede pasar que la coherencia se nos vaya un poco al carajo, les aviso). Qué manía esa, la de quejarse en público. Yo me quejo, claro, pero no los obligo a padecerme mientras lo hago. Si ustedes están leyendo estas quejas, es enteramente a su voluntad. Pueden tipear "facebook.com" en la barra de direcciones, y nunca más leerme, borrarme de su historial. Probablemente yo ni me entere.

Lo que yo no puedo es borrar de mi historial a la Gorda Infame.

Y es que la Gorda infame (a partir de ahora el "infame" va a ir con "i" minúscula) es una presencia demasiado grande como para ignorarla. Está ahí, ocupando cientos de metros cuadrados, frente a uno, durante ocho horas, mirándolo a uno, hablándole a uno, pendiente de lo que uno hace, como una pantera de ciento ochenta quilos que espera agazapada a que uno cometa un error para masticarle la cabeza. No exagero, lo juro. Bueno, quizás sí en su peso. Ella un día me dijo que pesaba ochenta quilos. Hasta ahora tengo atragantado el pedazo de pollo que estaba comiendo cuando largué la involuntaria carcajada frente a esa afirmación.

Uno de los deportes favoritos de la Gorda Infame es hablar mal de una persona APENAS ESA PERSONA abandona el espacio físico que compartimos. No me refiero a unos segundos después, ni a un rato más tarde; me refiero al inmediato instante en el que esa persona abandonó nuestra oficina. El efecto es rarísimo, porque si te distraés no entendés muy bien lo que está pasando. Lo que uno escucha si no está mirando la situación, es algo así como esto:

Persona: ¡Bueno, chau Gorda infame, que te vaya bien!
Gorda infame: ¡Chau, querida, qué alegría verte, cuidate! ¡Cuidate, que si seguís comiendo ese culo gorrrdo que tenés te va a reventar y vas a manchar la pared de dulce de leche!

Así, sin anestesia, sin mediar más que el ruido de la puerta que se cierra tras la pobre caderona que nos visitó unos minutos. Es decir, entre el primer y el segundo "cuidate", se cierra una puerta, hay una persona que desaparece, pero es tan pero tan breve el instante, que la frase le sale toda de corrido a la Gorda infame. ¿Se entiende?

Lo maravilloso de todo esto es que cuando termina esto, viene su momento favorito: mirarme, y buscar mi aprobación.

Y yo, claro, estoy haciendo todo lo posible para ignorarla, estoy hundiendo la cara en la computadora, estoy haciendo un túnel de huida con una lapicera bic, estoy rezándole al cuadrito de Varela, cualquier cosa menos mirarla, para evitar el comentario, para evitar lo inevitable, porque en seguida, en seguida, pasa esto:

Gorda infame: ¿Viste? ¿Viste qué mala que soy?

Es rarísima la pregunta, es rarísimo que tenga necesidad de hacerla cada vez. ¿Qué te voy a responder? "Sí, sí claro, ví que mala que sos, vi el pedazo de basura humana extra-large que sos, vi las pocas ganas de vivir que me genera estar ocho horas por día al lado de alguien tan tan malo, no puedo hacer otra cosa que verte y ver todo lo que hacés, porque te comiste media oficina y ahora ocupás ese espacio, gorda infame."

Pero mi respuesta, obviamente, es "¡Ja!", o alguna interjección parecida, sin sentido.

¿Qué más voy a responder?

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