miércoles, 30 de noviembre de 2011

Es como yo siempre digo.




Juro que no hay frase que me despierte mayor violencia. ¿A mí qué carajo me importa lo que vos siempre digas? ¿Qué autoridad intelectual tenés vos para citarte a vos mismo? Puedo justificar un "es como siempre dice mi vieja", o "es como siempre dice el verdulero", o "es como Gardel solía decir", ¡qué sé yo! Pero "es como yo siempre digo"... ¿y quién mierda sos vos? ¿Ghandi? ¿Foucault? ¿Qué maestra te mintió en la escuela diciéndote que algo de lo que podías llegar a decir alguna vez podía ser digno de ser citado? Y además, además: la frase "es lo que yo siempre digo" implica que repetís algo, siempre. Lo que significa que sos un ser reiterativo. Y que eso lo padece alguien, ya sea tu pareja, tu familia, tus compañeros de laburo, el guarda del bondi. Así que ¡borrate esa idea de tengoderechoarepetircosasporquetodoloquedigoesinteresantísimo, y dejá de autocitarte, mediocre!!

Lamentablemente saliste choto.



Viejo choto: ...(viene hablando hace como dos horas sin parar)... y clarito se lo dije a mi hermano; ¡Clarito! Porque a mí o me escuchás o me escuchás (si lo sabré, viejo de mierda)... pero es como yo siempre digo... ¡Yo tendré muchos defectos, pero por suerte no salí puto!

Responsables.

Muy a menudo me pasa que me acuerdo de cosas que me pasaban a mí en el liceo.

Algo que peculiarmente me sorprende es el inmenso valor veritativo que yo le daba a todo lo que me dijeran las autoridades del liceo. Si un adscripto (o inclusive una ascrita) me decían que tal profesor no podía venir a una clase de consulta, o que no podía dar tal examen si no llegaba antes de tal hora, o que si no me sacaba tal nota no podía exonerar tal materia, para mí eran verdades indiscutibles, y me pasaba horas preocupándome por ello.

Me acuerdo una vez que una ascrita me dijo que tal profesora había dicho en la reunión de profesores que yo me "había dejado estar". Me desesperé. Yo estaba haciendo mis más honestos esfuerzos por demostrarle que estaba dispuesto a hacer de todo por salvar la materia, y creía estarlo logrando; ese comentario de la ascrita me demostró que mi lectura había sido errónea, y me generó una preocupación enorme. Al finalizar el año exoneré la materia sin problemas, y conversando con la profesora me juró y perjuró que ella nunca le había hecho ese comentario a la ascrita. Y me dijo una frase que nunca olvidaré: "Autordelblog, cuando cada uno cuida su chacrita, ustedes se convierten en vacas sin ordeñe".

Una frase de mierda, por supuesto. Me llevó años entenderla, y cuando lo logré, sentí vergüenza ajena de la pésima capacidad metafórica de la pobre docente.

Pero hoy presencié a Gorda infame mintiéndole descaradamente a un alumno. Un estudiante que vino preocupadísimo a preguntarle si había hablado con tal docente, cosa que él le había pedido muy preocupado la semana pasada, porque no entendía el por qué del descenso de su nota, pero le asustaba preguntarle directamente, por miedo a represalias o a malentendidos. Gorda infame se olvidó por completo, y en vez de asumirlo, de decirle "me olvidé", o de mentirle diciéndole "estuvo muy ocupado y no pude hablar con él", eligió el camino de siempre, y le espetó:

Gorda infame: Si claro, hablé con el docente, y el dijo que tu estabas muy boludito, y no habías estudiado nada, entonces tu nota imposible sostenerla.
Estudiante (con los ojos desmesuradamente grandes por la sorpresa): ¡Pero si me saqué ocho en el parcial! ¡Y dí tres orales, e hice el trabajo que mandó, y fui el único en hacarlo!
Gorda infame (improvisando): Sí, pero tu actitud no fue buena.
Estudiante: ¿Cómo que mi actitud no fue buena? ¿Qué quiere decir eso?
Gorda infame: No sé, a mí me dijo eso. Que estuviste muy boludito y tu actitud no fue buena.
Estudiante (entrando en crisis. Ahí me preocupé. Juro que sudaba a chorros y empezó a hiperventilar, o algo): Pero Gorda infame, es imposible, yo tengo re buena actitud, él no se acuerda nunca de mí, ¿no será que se confundió? Te juro que es imposible, ¿qué habrá pensado? ¿Qué habré hecho?
Gorda infame: Ah, no sé. Algo habrás hecho. Andá, pensalo.

El estudiante se fue. Estoy seguro que tuvo que llamar al médico por un preinfarto. La sensación de impotencia que debe haber vivido la sentí hasta yo, de lo fuerte que era.

Cuando se fue, en el exacto instante en que se fue, sin darle dos segundos al silencio para instalarse entre nosotros (como siempre), me miró y me dijo:

Gorda infame: Ni hablé con el profesor. Pero este tiene una pinta de boludito...

Juro que en ese momento tendría que haber saltado sobre mi escritorio y meterle una patada voladora en el medio de la cara. Tendría que haberla obligado a comer lechuga y a leerse todo el manual de Aberastury y Knobel, como castigo. Tendría que haberla hecho sufrir.

Pero no. Pretexté algo así como un "mmmsé, yoyavengo, tengo que hacer aquello de pssnsbbsbsss", y salí corriendo atrás del pibe. Pero no lo alcancé.

La responsabilidad que tenemos ante aquello que decimos es inimaginable.

Desinflarse.

Es muy loco cómo algunas personas necesitan desesperadamente que algo grave les pase en sus vidas.

Desde las mentiras de Gorda infame, hasta las quejas de Viejo choto, pasando por las emergencias de Desubicada y las anécdotas de fin de semana que cuentan otros compañeros de trabajo, hay un denominador común: intentar sorprender al otro.

No sé cómo explicarlo claramente; pareciera que en función de la atención del otro, mi lugar en la jerarquía social de la institución sube o baja. Si cuento que el fin de semana me robaron, y de paso hago una crítica sobre la inseguridad y lo horrible que es el mundo en que vivimos, seguro que muchas personas digan algo así como "paaaaaah", lo cual me convierte automáticamente en un salado, y paso a gozar de un prestigio bastante duradero. Si además relato con detalle cómo llamé a un vecino, nos armamos hasta los dientes, agarramos a los ladrones y los torturamos de diez maneras distintas haciéndolos sufrir, probablemente logre que las alabanzas a mi favor lleguen al paroxismo, y que la Gorda infame tenga un orgasmo involuntario, o vaya a su casa a darse una panzada de chocolates, como mínimo.

Pero si mis anécdotas de fin de semana pasan por contar que fui a la placita con mi hija y mi compañera, que tomamos mate y comimos torta, que vimos cómo caían las hojas de un árbol mientras jugábamos a adivinar cuál sería la próxima en caer, o simplemente que vimos una película, la gente pasa a mirarte como con pena, ladeando la cabeza y mirándote con cara de "pobre tipo, qué vida aburrida, vacía, triste". A lo sumo, en algún arrebato de esperanza, te preguntarán algo así como "¿y el árbol se cayó arriba de alguien? ¿una de las hojas cayó justo sobre los ojos de una pobre niña rubia (aman a los rubios) y la dejó ciega de por vida?" o "¿la película era un documental sobre la vida de algún asesino de acá, al que podemos pasar el resto de la tarde odiando?"

Pero ante la respuesta negativa, se desinflan como globos aburridos, y se hunden en sus sillas con decepción. Todos menos Gorda infame, que es medio imposible de desinflar.

martes, 29 de noviembre de 2011

Desubicada.

Supongo que Desubicada pasaría desapercibida para mí, si no fuera por un detalle puntual:

Desubicada y Gorda infame se odian.

Yo sé que odiar es por lo general una palabra fuerte, lo sé. En este caso no. El odio entre ellas es inmenso, es profundo, se odian con calma, saborean el odio. Desubicada es la enemiga número uno de la Gorda infame, su némesis, la antítesis de lo que ella es. El mundo es un lugar demasiado pequeño para ambas (bueno, sobre todo para Gorda infame). Gorda infame la detesta desde lo más básico de sus estructuras, la detesta sin siquiera buscar evitarlo. Seguro que más de una vez pensó en masticarle un brazo, o algo.

Como ya lo supondrán, esta guerra entre dos mundos es una guerra secreta. Es decir: absolutamente todas las personas que pasan por la institución, desde el director de la misma hasta el que promociona los viajes a Bariloche en la puerta, todos sabemos la magnitud de ese odio; pero ellas nunca lo explicitan entre ellas. En esa guerra todos somos soldados, todos somos partícipes, y todos presenciamos boquiabiertos el amor que se profesan cuando se ven, y el desprecio con el que hablan la una de la otra apenas se dan vuelta (y cuando digo apenas quiero decir en el exacto mismo momento, como ya ejemplifiqué en una entrada anterior).

Obviamente ambas buscan que yo tome partido por una de ellas. Intentan convencerme, adulándome, diciéndome que la otra habló mal de mí, insinuó algo malo sobre mí, narrándome como ellas me defendieron, etcéteras varios.

Si algún día se declara la anarquía en las calles, seguro que ambas se buscarían y se batirían a duelo, y yo me sentaría a comer un helado gigante de La Cigale (nada me gusta más en el mundo que comer helado gratis), a ver cómo Gorda infame se traga a Desubicada miembro a miembro (no lo duden, ganaría Gorda infame, a lo sumo se le quedarían algunas uñas postizas clavadas en la mandíbula, pero seguro que ella después las usaría de escarbadientes, o algo).

Animales.

Desubicada es una compañera de trabajo que cumple un rol distinto al mío. Siempre está en crisis, siempre está en medio de una emergencia, y, por supuesto, nunca tiene tiempo para trabajar. Con cara de "el mundo está a punto de terminar y yo todavía no me hice la planchita" va corriendo por los pasillos de la institución, demostrando tooooodo lo que tiene que hacer, y sin hacerlo en absoluto.

Desubicada es desubicada desde todo punto de vista. Su presencia en una institución educativa ya es de por sí desubicada, ya que es una tipa carente de educación (aunque Gorda infame es peor, y peor también es Viejo choto). Es desubicada en su vestir, en su forma de arreglarse, en su excesiva preocupación por sus uñas, en su intento de hacer partícipe al resto del mundo de su preocupación por sus uñas. Es desubicada cuando le habla mal a la madre O al marido por teléfono frente a todos nosotros (es una persona que no sabe hablar por teléfono sola, se ve que le da miedo o algo), y es desubicada cuando te relata con orgullo lo mal que le habló a la madre o al marido por teléfono.

Conozcan a Desubicada:

Desubicada (corriendo con cara de Grecia Colmenares): ¡Autor, autor! (autor soy yo, no se me ocurrió nada más original, sepan disculpar).
Yo: ¿Qué te pasa, Desubicada?
Desubicada: ¿Tenés el teléfono de la Sociedad Protectora de Animales?
Yo: ...¿?
Desubicada: ¿Qué me mirás? ¿Tenés el teléfono o no?
Yo: No, no lo tengo. ¿Por qué? (¿Por qué, por qué razón yo tendría/podría/me interesaría tener el teléfono de la Sociedad Protectora de Animales? ¿Qué mierda tiene que ver ese teléfono con mi vida, conmigo, y sobre todo con mi laburo, Desubicada?!)
Desubicada: Ay, es que no sabés, desde hoy de mañana estoy intentando llamar, pasó algo terrible: cuando llegué había una comadreja en el patio!!
Yo: ¡Uh, qué garrón! ¿Lastimó a algún animalito, o algo?
Desubicada: ¡Ay no, era re buena! ¡Me dio mucha pena porque está ahí, en ese árbol, desde hoy de mañana! Quiero llamar a la Sociedad Protectora de Animales para que alguien la pueda adoptar...

Lo juro. Por mi vida. Yo también creí que era una joda, pero no, no era. Y además llamó. Ni se imaginan la furia que tuvo el resto del día, y las ochocientas treinta y dos veces que repitió indignadísima cómo se carcajeó la mina que la atendió por teléfono.

Ah, cierto, me había faltado aclararlo: Desubicada es flor, pero flor, de chota.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Ascrita.

Ascrita: ¿Nunca usaste un retroproyetorrr, vos?
Yo (resignado): Sí, usé sí.
Ascrita: ¡Aaaah! Yo cuando hice la cosa de magister en educación (hay días en que afirma ser magister, hay días que afirma estar estudiando la maestría, hay días que la odio menos que otros), esto del dotorado, ¿vistes? (cierto, hay días que dice que hace o hizo un doctorado), bueno, mi tutor del dotorado estaba casado con una impetora de primaria que no sabía cómo usar un retroproyetor, ¿entendés?
Yo: ...
Ascrita: ¿entendés?
Yo: Sí, sí, entiendo sí.. (me sorprende con estas pausas en el medio de una conversación, se re da cuenta que me chupa un huevo lo que dice, pero igual retoma).
Ascrita: Bueno, como la impetora no sabía usar el retroproyetorr, yo le dije "vení que te enseño", y le intenté enseñar, y no podía, y no podía, y no había caso, y en eso viene el tutor, y me dice "ah, pero a partir de ahora te voy a tener que llamar a vos cada vez que quiera usar un retroproyetorr"...
Yo: ...
Ascrita (como ve que no me sorprendo redobla la apuesta): Y ahí mismo, ahí mismito, le dijo a la impetora, que era su mujer: "No puedo creer que seas tan estúpida".
(silencio en espera de un gesto de admiración de mi parte)
Yo: Ajam.. (o algo parecido)
Ascrita: Y ella se puso a llorar.
Yo: Puá.. (o algo parecido)
Ascrita: Y ahí mismo él me chuponeó y me tocó una teta.
Yo: Pa, qué salado, Gorda infame, qué crá que sos...

Y recién ahí se calla por un rato.

¿Qué más voy a responder?

Venía hablando de las quejas de la gente, creo (me di cuenta que me embola releer lo que ya escribí, así que puede pasar que la coherencia se nos vaya un poco al carajo, les aviso). Qué manía esa, la de quejarse en público. Yo me quejo, claro, pero no los obligo a padecerme mientras lo hago. Si ustedes están leyendo estas quejas, es enteramente a su voluntad. Pueden tipear "facebook.com" en la barra de direcciones, y nunca más leerme, borrarme de su historial. Probablemente yo ni me entere.

Lo que yo no puedo es borrar de mi historial a la Gorda Infame.

Y es que la Gorda infame (a partir de ahora el "infame" va a ir con "i" minúscula) es una presencia demasiado grande como para ignorarla. Está ahí, ocupando cientos de metros cuadrados, frente a uno, durante ocho horas, mirándolo a uno, hablándole a uno, pendiente de lo que uno hace, como una pantera de ciento ochenta quilos que espera agazapada a que uno cometa un error para masticarle la cabeza. No exagero, lo juro. Bueno, quizás sí en su peso. Ella un día me dijo que pesaba ochenta quilos. Hasta ahora tengo atragantado el pedazo de pollo que estaba comiendo cuando largué la involuntaria carcajada frente a esa afirmación.

Uno de los deportes favoritos de la Gorda Infame es hablar mal de una persona APENAS ESA PERSONA abandona el espacio físico que compartimos. No me refiero a unos segundos después, ni a un rato más tarde; me refiero al inmediato instante en el que esa persona abandonó nuestra oficina. El efecto es rarísimo, porque si te distraés no entendés muy bien lo que está pasando. Lo que uno escucha si no está mirando la situación, es algo así como esto:

Persona: ¡Bueno, chau Gorda infame, que te vaya bien!
Gorda infame: ¡Chau, querida, qué alegría verte, cuidate! ¡Cuidate, que si seguís comiendo ese culo gorrrdo que tenés te va a reventar y vas a manchar la pared de dulce de leche!

Así, sin anestesia, sin mediar más que el ruido de la puerta que se cierra tras la pobre caderona que nos visitó unos minutos. Es decir, entre el primer y el segundo "cuidate", se cierra una puerta, hay una persona que desaparece, pero es tan pero tan breve el instante, que la frase le sale toda de corrido a la Gorda infame. ¿Se entiende?

Lo maravilloso de todo esto es que cuando termina esto, viene su momento favorito: mirarme, y buscar mi aprobación.

Y yo, claro, estoy haciendo todo lo posible para ignorarla, estoy hundiendo la cara en la computadora, estoy haciendo un túnel de huida con una lapicera bic, estoy rezándole al cuadrito de Varela, cualquier cosa menos mirarla, para evitar el comentario, para evitar lo inevitable, porque en seguida, en seguida, pasa esto:

Gorda infame: ¿Viste? ¿Viste qué mala que soy?

Es rarísima la pregunta, es rarísimo que tenga necesidad de hacerla cada vez. ¿Qué te voy a responder? "Sí, sí claro, ví que mala que sos, vi el pedazo de basura humana extra-large que sos, vi las pocas ganas de vivir que me genera estar ocho horas por día al lado de alguien tan tan malo, no puedo hacer otra cosa que verte y ver todo lo que hacés, porque te comiste media oficina y ahora ocupás ese espacio, gorda infame."

Pero mi respuesta, obviamente, es "¡Ja!", o alguna interjección parecida, sin sentido.

¿Qué más voy a responder?

viernes, 25 de noviembre de 2011

Estampas de mi laburo #1

Adscripta: pfff...
Yo: (silencio).
Adscripta: Pfffffff...
Yo: (indiferencia).
Adscripta: AAaaaahhhhPFFFFFffffff.....
Yo: (silencio que demuestra a todo ser humano común y con criterio que me chupa un reverendo huevo la razón de por qué estás suspirando con alevosía por enésima vez en el día y en el año).
Adscripta: ¡AAAAHAHHHHHPPPFFFFFFFF!!! (Juro que fue algo así, inmenso, gutural, los pajaritos de los árboles del patio se volaron espantados y todo).
Yo (qué más remedio): ¿Te pasa algo?
Adscripta (con sorpresa): ¿A mí? No, nada, ¿por?

Un médium me caga a trompadas, seguro.

A la gente le gusta quejarse.

No tengo muchas explicaciones al respecto. A la gente le gusta quejarse, pero sobre todo le gusta que otra gente escuche pasivamente sus quejas. Sé que puede ser paradójico que yo hable de esto, justamente cuando me estoy tomando el trabajo de escribir un blog para quejarme de todo aquello que me molesta, pero creo que la diferencia radica en que si nadie lee mi blog a mí no me afecta, pero ellos, los quejosos, necesitan de un público que no sólo escuche sus quejas, sino que admire sus principios y adule sus accionares frente a aquello que les molesta.

Y a mí me rompen las bolas los quejosos.

Todo tipo de quejoso me rompe las bolas. El quejoso que plantea sus molestias a los gerentes, el quejoso que hace sonidos de fastidio frente a uno, el quejoso que te cuenta sus quejas con aires de nadieenelmundopuededudarqueyotengotodalarazón, en fin, todos los quejosos.

Y obviamente, todos los quejosos del mundo me eligen como público para sus quejas.

Sinceramente no sé bien qué hice para merecer eso. Debo haberle cagado la vida a algún faraón en el antiguo Egipto, o le debo haber soplado la mina a algún emperador griego, o sencillamente debo haber martirizado a mis esclavos quejándome del precio de las papas en los mercados de principios del siglo XIX; pero seguro que fui muuuuy jodido, porque de otra forma no puedo explicarme cómo debo padecer día a día todas las historias -casi siempre repetidas, recicladas y recauchutadas- de cómo el mundo les quiso cagar la vida a la Gorda infame y al Viejo choto, y de cómo ellos, cual justicieros, cual Capitanes América de la justicia, le dieron su merecido a tristes personajes fruto de sus invenciones.

Supongo que si me agarra un médium me caga a trompadas. Debo haber sido muy jodido en otras vidas. Si no no me lo explico.

Infame y choto.

Es viernes de noche y acabo de tomar una cerveza. Todo puede pasar en esta entrada.
Pero intentaré que pase la realidad.
Trabajo -y trabajé- con mucha gente. En los liceos me tocó conocer la mayor cantidad de gente mal de la cabeza que puedan imaginarse. Como polillas contra una lamparita, la gente que está mal de la croqueta elige trabajar en la educación. No me interesa hacer acá el análisis del por qué; me remito a describirlo, como una realidad de un determinismo inevitable.
Dos personajes ocupan mi mente ahora:

La gorda infame.

También conocida como "la ascrita". Tiene la personalidad más gorda y más infame que puedan imaginarse. De hecho el tamaño de su cuerpo no importa: cae pesada, es pesada, la tierra tiembla bajo el peso de su forma de ser. Deglute todo aquello que hay a su alrededor, desde alfajores de chocolate hasta mis ganas de vivir. Personaje absolutamente complejo para describir: ya la irán conociendo en sucesivas entradas.

El viejo choto.

Ta, no tengo mucho más que agregar. Es un viejo choto, de esos que cada tres palabras usan la interjección "¡Ja!". Ese "Ja" que inicia frases como "¡Ja! ¿Me vas a venir a decir a mí?". "¡Ja! ¡Yo te dijeee!", o mi favorita "¡Ja! ¡Epetacolarrr!"
Un queyala. Que ya la vivió, que ya las sabe todas, y que ocupa todas las oportunidades posibles para hablar(me) de cosas que a nadie, pero nadie, pueden interesar(me).

Ellos dos han sido responsables, no de arruinarme la vida, pero sí de hacer infelices muchas mañanas y tardes del año. Ya les contaré. Por ahora relámanse imaginando todo lo que le harían a las gordas infames y viejos chotos que han conocido en sus vidas (sí, es obvio, me consta que los han conocido, son personajuchos que abundan hasta en los lugares más recónditos de toda sociedad. Capaz que no aparecen restos de desaparecidos en los batallones del ejército, pero seguro seguro que buscándolos hay un par de gordas infames y un par de viejos chotos, diciendo cosas tales como "¡Ja! Qué van a aparecer estos, si están todos en Europa", y otros comentarios gordos y chotos de la misma índole.).

La termita de la paciencia.


Bueno, supongo que debo empezar por algún principio.
El primer dato que me parece importante dar es que trabajo en un liceo. No importa si es grande o chico, pobre o rico, público o privado; lo que importa es que trabajo en un centro educativo, con gente presuntamente educadora (subrayo el "presuntamente").
No voy a dedicar ni una entrada del blog a realizar un análisis de la realidad de la Educación Secundaria uruguaya, ni a cuestionar la currícula, la Ley de Educación, el plan ProMejora o la existencia de la Bianchi como directora de un liceo. Para todo eso tengo otros espacios, y aquellos que me conocen y saben la identidad oculta tras estas letras (opitingui), saben a ciencia cierta que opino constantemente en otros espacios cibernéticos como Facebook, o en la vida diaria y conversaciones cotidianas varias. No, este blog no intenta cambiar el mundo, sino evitar que me salga una úlcera por no expulsar de mi cuerpo todas las experiencias nefastas pero sin trascendencia alguna que vivo día a día. Las experiencias intrascendentes tienen ese problema: no vale la pena comentarlas, no tienen relevancia para nadie, pero son como una termita horadando la superficie de la paciencia y la paz mental. Y yo necesito que este blog sea como un antitermiticida (sépanlo desde ahora: adoro los neologismos).
Entonces acá me permitiré ser un idiota, sin prurito alguno. Pero aclaro, también: no soy un idiota soberbio, que se cree superior a sus compañeros de trabajo. No, soy un idiota que se va a quejar de aquello que le tocó en suerte, así como tanto le molesta que lo hagan sus compañeros de trabajo. En última instancia, y tal como me lo dijo mi compañera el otro día: no soy un idiota soberbio, sino un tipo que se siente sapo de otro pozo.
Sin más aclaraciones, supongo que en las próximas entradas dejaré de prometer tanto y cumpliré con mi cometido principal, porque estoy a punto de ahogarme en mi propio vómito.

Saludos, supongo.

No hay mucho para decir. El blog se tendría que llamar "Mi laburo es un penal", o "De cómo la gente en mi laburo hace que pierda la fé en la humanidad", pero lo abrí a las siete de la mañana de un viernes, así que no fui muy creativo, o fui más bien diplomático. En definitiva: esta es la búsqueda de reírme de aquello que me hace querer martillarme un huevo.
Tengo que ponerme a pensar en cómo cubrir mi identidad y manejar la privacidad y todas esas cosas, porque obviamente si bien necesito volcar toda mi bilis en contra de mi trabajo, no soy tan imbécil como para arriesgarme a perderlo. Pero ahora me aburre pensar en eso, así que después lo evaluaré y tomaré determinaciones (opa).
No tengo ni idea de si alguien alguna vez leerá esto. Nunca tuve un blog (bah, si, tuve uno, pero nunca lo usé, así que para mí nunca tuve un blog), y no sé bien si otras redes sociales (feisbuc, twitter, ¿metroflog?) se habrán comido el hábito de la gente de tener blogs, leerlos y comentarlos. Supongo que es probable que en el momento en el que decido empezar activamente una actividad bloguística, los blogs entren en extinción, y me lo cierren antes de que nadie lo lea.
Por ahora nada más; más tarde empiezo a pulir todo esto. Esta entrada es, más que nada, para no tener la patética sensación de tener un blog que no solamente tiene un nombre que no me gusta, sino que encima no tuviera ninguna entrada (eso debe ser el colmo del patetismo cibernético).
Saludos, supongo.