lunes, 27 de agosto de 2012

La nefasta Gorda Infame y la hija de puta de su planta suicida.

Gorda Infame tiene una planta.

Yo sé que parece algo hasta esperable según sus características, pero esa planta (más específicamente, esa espatifilus) ha sido motivo de que parte de mí se muera por dentro cada día.

Porque en este eterno retorno que implica el día a día de Gorda Infame, todos los días me dedica el mismo comentario, con la misma voz aflautada, sobre su planta:

"¿Viste qué linda que está mi hija hoy?"

Y a veces, a veces, el comentario es trocado por:

"¿Y? ¿Cómo la encontraste a nuestra hija hoy?"

Al margen de que ese "nuestra" sea una patada triple en los testículos de mi paciencia, cada vez, cada día que Gorda Infame agudiza su voz para hacer referencia a la puta planta, siento cosas muy muy feas. Muy feas.

Porque además no hay nada en el mundo que me chupe tanto un huevo como una planta.

Yo no soy un tipo muy complejo. Hay cosas que hago bien y hay cosas que no. Y una de las cosas que no hago bien es cuidar plantas. Las plantas no hacen nada, no te dan señales evidentes de que las estés tratando bien; están ahí, al parecer al margen de vos, pero dependiendo de que vos, de vez en cuando, con determinada periodicidad, las riegues, o las mimes, o les hables, o les cantes, o qué sé yo (ya lo dije, no soy bueno con las plantas). Me pasa lo mismo con los peces: no sé si los estoy cuidando bien, hasta que los encuentro flotando en una pecera. Por ese motivo, por su propio bien, no tengo ni quiero tener ni plantas ni peces (las tunas son una excepción a todo esto).

El asunto es que Gorda Infame se enfermó este año (cosa que no le creo, es más, tengo la casi certeza de que es mentira) y faltó durante tres (maravillosos) meses (ese fue el motivo de que durante un (maravilloso) tiempo yo no escribiera nada en este blog, y fuera muy muy muy feliz). Y el (maravilloso) día en el que nos lo comunicó, en ese (maravilloso) momento en el que pegué un salto hacia el cielo gritando "¡sí, justicia!" con el puño en alto (imaginariamente, claro), cuando ya me había dado la espalda y se alejaba de mí, se dio media vuelta, me miró con sorna (juro que me miró así, con disfrute, casi que saboreando lo que iba hacer, gorda infame), y me dijo:

"Mirá que quedás a cargo de nuestra hija".

Pánico. Horror. Odio, mucho odio. Oscuridad sobre mi ceño y nubecita lluviosa sobre mi cabeza. El hombrecito malvado que vive sobre mi hombro derecho se cruzó de brazos y me escupió la oreja.

Y por supuesto, por supuesto, más allá de todos mis esfuerzos, por más que googleé, fui a un vivero, le pregunté a gente entendida en el tema, en esos tres (maravillosos) meses, la recontra hija de mil putas de la planta del orto decidió suicidarse.

Fue de a poco, paulatinamente, pero los avisos eran claros: hojas que se ennegrecían, que se caían, que no crecían. Intenté todo: regarla, no regarla, ponerla al sol, dejarla adentro, prender el aire acondicionado, ponerla bajo la lluvia, apagar el aire acondicionado, ignorarla, en fin. Obviamente la muy soreta tenía su plan malvado organizado y se fue muriendo en mi cara con todo el disfrute que una planta moribunda puede demostrar. Hija de puta, hija de puta, planta hija de puta.

Y un día negro, muy negro, Gorda Infame volvió al trabajo, y descubrió que su planta había muerto.

Y ahora todos los días se aboca a intentar revivirla, mientras reitera (todos los días) (palabra por palabra) su teoría de que la planta no aguantó la ausencia de su madre, y de que yo no intenté ni siquiera regarla alguna vez.

Y obviamente la planta, apenas Gorda Infame la miró, empezó a voltear sus hojas hacia el sol, y a crecer y a florecer, dejando en evidencia que yo soy el tipo más infeliz del mundo. O al menos de ese mundo tan peculiar que es mi trabajo.

3 comentarios:

Romina dijo...

Ay, qué bizarro !! yo también digo que mis plantas son mis hijas...!! pero no les adjudico padre .. como si yo fuera hermafrodita (qué horror) me dejaste pensando, che

Tru dijo...

Es muy bueno esto! Solo pasaba a decir eso. Sigo leyendo

el autor del Blog dijo...

¡Gracias Tru! La dejé abandonada a la planta soreta, hace poco supe que sigue existiendo y me dieron ganas de ir a buscarla. Después me di cuenta de que sería como enternecerse con Belcebú y adoptarlo porque tiene cuernitos.

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