Hoy. Yo sentado en la computadora, esperando a que se fuera Gorda Infame. Ella, desparramada en un sillón, con la cartera en la mano, esperando a que el director la llevara en auto a la casa (antes de hora, obvio, y con total impunidad), inventando mentiras como quien respira.
Empecé a hacer algo muy poco honorable. Empecé a prestarle atención.
Me dejé llevar por la lógica de su conversación, y no conforme con eso, le empecé a hacer preguntas. Inesperadas.
No puedo explicarles su sorpresa. La saqué de la rutina acostumbrada en donde ella habla y yo la ignoro con poco disimulo, y casi se cae redonda (y parte el piso) de la sorpresa. Lo mejor (concepto devenido a poco debido al contexto), es que no tenía respuestas preparadas (ella miente con espontaneidad, muy pocas veces planifica la mentira), y se empezó a pisar el palito y a contradecir y a decir estupideces. Ta, ya sé, siempre se contradice y dice estupideces, pero esta vez fue de forma tan abrupta, tan aberrante, tan pero tan gorda y tan infame, que hasta ella se dio cuenta de que era un divague la situación toda. Y se levantó, masculló que el diretor la estaba esperando, y se fue, dejando su inconfundible olor a desodorante barato de frutillas y baño del fondo tras su paso.
No es que me sienta orgulloso de mí, no. En serio que no. Pero el hombrecito que se para en mi hombro derecho y me grita al oído que le haga cosas malas, ese sí que se sintió bien.
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