miércoles, 20 de marzo de 2013

De almuerzos y evasiones.

Hola a todos.

Hoy la cantina del liceo hizo como menú especial hamburguesas con papas fritas y huevo frito.

Gorda Infame lo vive como el evento del año. Pasó ayer por todas las clases para dar la noticia de que hoy iba a haber hamburguesas con papas fritas y huevo frito para almorzar, y pasó hoy de nuevo por todas las clases para recordarle a todos los estudiantes que hoy iba a haber hamburguesas con papas fritas y huevo frito para almorzar.

Quiero recalcar algo: puede venir un tsunami, que Gorda Infame no se va a mover de su asiento. Puede entrar un ex-alumno convertido en asesino serial a cagarnos a balazos a todos, se puede declarar la ley marcial en las calles y salir la gente armada a matar a otra gente armada, puede venir la impetora a decirnos que es pedagógicamente incorrecto estar sentado todo el día en un escritorio criando huevos en el culo, que Gorda Infame no se va a mover de su asiento.

Y son catorce salones en el liceo, distribuidos en tres edificios, con planta baja y planta alta. Estamos hablando de escaleras, señores.

Pero la emoción la pudo tanto, que lo hizo. Trabajó como no lo había hecho nunca en su vida. Estrictamente no trabajó, porque pasar por las clases para avisar que el almuerzo va a ser hamburguesas con papas fritas y huevo frito no es trabajo, es capricho, es acción incomprensible, una de tantas. Pero la emoción la pudo.

Quiero destacar que ayer disertó como tres horas al respecto de lo horrible que era que los ascritos interrumpieran las clases para ver si algún estudiante había faltado. Es parte de sus tareas, pero como le embola hacerlo, se llenó la boca (no le cuesta mucho eso) diciendo que era epantoso, antididático, y otros cuantos calificativos denostativos más. Pero a la hora de avisar que en la cantina iba a haber hamburguesas con papas fritas y huevo frito, la idea está buenísima, porque se trata de la alimentación de logurise, entonces el docente tiene que etender.

Escribo todo esto mientras ella se sumerge en la hamburguesas con papas fritas y huevo frito. Escribo todo esto para evitar verla, escribo todo esto para evadir la situación nauseabunda de ver cómo sus fauces se hunden con fruición en la carne, en el huevo, en la papa (frita). Escribo todo esto tecleando lo más fuerte posible, para no escuchar el concierto de saliva que estoy escuchando. Por suerte llueve, y el ruido se apaga un poco.

Lo sublime de todo esto es lo siguiente:

1- En un momento dado decidió ir a ayudar a las cantineras a servir las hamburguesas. Eso implica:
    a) Se levantó a trabajar (insisto, se viene el apocalipsis; aunque no sea estrictamente su trabajo, es el trabajo de alguien, por ende, es trabajo).
    b) Se debe haber comido tres o cuatro hamburguesas a escondidas, y unas cuantas pobres papas fritas, de canuto.
    c) Ahora se está quejando (por supuesto, con la boca llena), de que le quedó olor a frito en todo el cuerpo. Enterate, Gorda Infame: desde que te conozco tenés olor a frito en todo el cuerpo. Emanás olor a frito. El olor a frito es como tu marca de agua, si uno siente olor a frito sabe que vos pasaste por algún lugar cercano.
    d) Ser cantinera es su vocación. Es realmente buena para eso. Alguien en la vida le tendría que haber contado que podía ser cantinera y ser exitosa al respecto, en vez de hacerse la licenciadamashistercasidotoraeneducación.

Ya terminó de comer. Duró treinta segundos la felicidad. Ahora la felicidad pasa por quejarse cada quince segundos del olor a frito, de lo mal que hacen las cosas las cantineras, de lo bien que lo hubiera hecho ella, etcétera, etcétera, etcétera.

Me cayó como el orto el almuerzo. Que se sepa.

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