Soy un irresponsable.
La frase tendría que haber sido "soy un escritor irresponsable", pero eso implicaría autodenominarme "escritor", y no estoy preparado para semejante calificativo. Si ustedes me acompañan en la disgresión, si comprenden que me estoy refiriendo a una condición que se aplica concretamente a este bló, entonces sí: soy un escritor irresponsable. ¡Ya sé! Soy un autor irresponsable. Autor está bien. Al fin y al cabo, soy el autor del blog.
Les decía que soy un autor irresponsable. Han pasado ya casi tres años desde mi última entrada. La misma buscaba ocultar todas estas peripecias, las aventuras de Gorda Infame y sus amigos; alguien (ya ni recuerdo quién), había descubierto este blog, y era peligroso que así fuera. Y me dediqué a ocultarlo, esconderlo, modificarle el título y las privacidades. Hubo un montón de lectores ilustres (?) de este espacio, y los dejé sin conocer el final de toda esta historieta. He ahí mi irresponsabilidad: acorde con el sentido catártico de este blog, cuando ya no lo precisé, no lo utilicé más. Me cagué en todo, como quien dice. No lo precisé más, no lo utilicé más, y sencillamente los dejé a ustedes en ascuas, sin saber cómo terminó todo. Porque sí, señoras y señores: todo terminó.
En este momento soy un hombre feliz, con una vida feliz y -sobre todas las novedades, esta- con un trabajo feliz. Tengo compañeros de laburo que son maravillosos, creo en lo que hago, lo hago con absoluta convicción y felicidad, y todas esas cosas de las que antes me burlaba porque sencillamente no podía creer la suerte que corrían varios, ellos, "los felices", los hijos de yuta (atenti la responsabilidad de género) que decían esas cosas que ahora yo digo todos los días. Los fundamentalistas del "sí se puede". Oh, sí, señoras y señores, me he convertido en uno de ellos.
Pero qué linda que es la vida.
Tengo que contarles hace años el desenlace de Gorda Infame, el fin de su reinado, cómo culminó la historia sin que nos manducara uno por uno. Le ganamos. Y lo insólito, lo más inesperado de todo esto, es que, sin perdonarle ni un ápice de todos los años de terrorismo que me hizo vivir, la recuerdo con afecto. Con afeto, diría ella. En la distancia de los años, me resulta entrañable.
Su ida dio lugar a una época aún más oscura. El reinado de Las Tres Taradas. Pero no saben lo importante que eso fue para mí: fue el empujón final a darme cuenta que me había enfermado, y que tenía que irme de ese lugar. Abandonarlo, huir, empezar de nuevo. Ya ni el humor podía salvarme, ni siquiera la existencia de este espacio. Cuando empecé a despertarme en mitad de la noche con el nudo de angustia devenido en yunque pectoral, ya no había opción posible.
Y debo pedir disculpas, también. En mi ola de odio enfermo, fui una persona horrible. Inimputable, puede ser, porque las sufrí, pero la distancia me ha permitido reconciliarme con la idea de que Gorda Infame era una pobre mina, y que yo no soy mucho mejor que ella. Ninguno de nosotros. No nos pongamos moralistas de postal, todos somos un poco una mierda y otro poco lo que podemos, Ella también. A la distancia, Gorda Infame, salú. Salud y gracias y disculpas por todo esto que -nunca supiste- escribí sobre vos. Me avergüenza un poco, pero fue mera supervivencia, creeme. Eras muy mierda conmigo y con el mundo.
Lo único que lamento es haber dejado la planta tras de mí. Debería habérmela traído a mi hogar. Hija de puta (tenía que decirlo, sepan disculpar). Pero mantiene viva la esperanza de que algún día pueda volver, y ella esté ahí, esperándome, como testigo inmortal (nos consta su inmortalidad) de los años oscuros que ya no volverán a ser.
Si no estás entendiendo nada de esta entrada, es porque tenés que ir hasta el principio y leerlo todo, vagoneta. Yo, mientras tanto, cierro por acá y prometo cada tanto escribir alguna entrada en la que les narre, desde lo anecdótico, el jugo de toda la historia del derrocamiento de Gorda Infame, el reinado de Las Tres Chotas (ya sé que dije Taradas antes, es que su identidad se iba modificando día a día, así que cabe la alteración nominal), y mi huida con pena y con gloria del sistema de educación secundaria. Lo prometo. Ya les spoileé el final (siempre quise escribir eso), por lo que tampoco es tan imperativo que les tire huesitos anecdóticos, sean pacientes, quien espera tres años puede esperar más.
Y si recién llegás y ya estás impaciente por leer todas las entradas anteriores de este bló, enterate: fue mi salvavidas en un momento duro. No mucho más.
El humor salvará al mundo, gurises.
Y el amor también, si me permiten ser paloma.
La frase tendría que haber sido "soy un escritor irresponsable", pero eso implicaría autodenominarme "escritor", y no estoy preparado para semejante calificativo. Si ustedes me acompañan en la disgresión, si comprenden que me estoy refiriendo a una condición que se aplica concretamente a este bló, entonces sí: soy un escritor irresponsable. ¡Ya sé! Soy un autor irresponsable. Autor está bien. Al fin y al cabo, soy el autor del blog.
Les decía que soy un autor irresponsable. Han pasado ya casi tres años desde mi última entrada. La misma buscaba ocultar todas estas peripecias, las aventuras de Gorda Infame y sus amigos; alguien (ya ni recuerdo quién), había descubierto este blog, y era peligroso que así fuera. Y me dediqué a ocultarlo, esconderlo, modificarle el título y las privacidades. Hubo un montón de lectores ilustres (?) de este espacio, y los dejé sin conocer el final de toda esta historieta. He ahí mi irresponsabilidad: acorde con el sentido catártico de este blog, cuando ya no lo precisé, no lo utilicé más. Me cagué en todo, como quien dice. No lo precisé más, no lo utilicé más, y sencillamente los dejé a ustedes en ascuas, sin saber cómo terminó todo. Porque sí, señoras y señores: todo terminó.
En este momento soy un hombre feliz, con una vida feliz y -sobre todas las novedades, esta- con un trabajo feliz. Tengo compañeros de laburo que son maravillosos, creo en lo que hago, lo hago con absoluta convicción y felicidad, y todas esas cosas de las que antes me burlaba porque sencillamente no podía creer la suerte que corrían varios, ellos, "los felices", los hijos de yuta (atenti la responsabilidad de género) que decían esas cosas que ahora yo digo todos los días. Los fundamentalistas del "sí se puede". Oh, sí, señoras y señores, me he convertido en uno de ellos.
Pero qué linda que es la vida.
Tengo que contarles hace años el desenlace de Gorda Infame, el fin de su reinado, cómo culminó la historia sin que nos manducara uno por uno. Le ganamos. Y lo insólito, lo más inesperado de todo esto, es que, sin perdonarle ni un ápice de todos los años de terrorismo que me hizo vivir, la recuerdo con afecto. Con afeto, diría ella. En la distancia de los años, me resulta entrañable.
Su ida dio lugar a una época aún más oscura. El reinado de Las Tres Taradas. Pero no saben lo importante que eso fue para mí: fue el empujón final a darme cuenta que me había enfermado, y que tenía que irme de ese lugar. Abandonarlo, huir, empezar de nuevo. Ya ni el humor podía salvarme, ni siquiera la existencia de este espacio. Cuando empecé a despertarme en mitad de la noche con el nudo de angustia devenido en yunque pectoral, ya no había opción posible.
Y debo pedir disculpas, también. En mi ola de odio enfermo, fui una persona horrible. Inimputable, puede ser, porque las sufrí, pero la distancia me ha permitido reconciliarme con la idea de que Gorda Infame era una pobre mina, y que yo no soy mucho mejor que ella. Ninguno de nosotros. No nos pongamos moralistas de postal, todos somos un poco una mierda y otro poco lo que podemos, Ella también. A la distancia, Gorda Infame, salú. Salud y gracias y disculpas por todo esto que -nunca supiste- escribí sobre vos. Me avergüenza un poco, pero fue mera supervivencia, creeme. Eras muy mierda conmigo y con el mundo.
Lo único que lamento es haber dejado la planta tras de mí. Debería habérmela traído a mi hogar. Hija de puta (tenía que decirlo, sepan disculpar). Pero mantiene viva la esperanza de que algún día pueda volver, y ella esté ahí, esperándome, como testigo inmortal (nos consta su inmortalidad) de los años oscuros que ya no volverán a ser.
Si no estás entendiendo nada de esta entrada, es porque tenés que ir hasta el principio y leerlo todo, vagoneta. Yo, mientras tanto, cierro por acá y prometo cada tanto escribir alguna entrada en la que les narre, desde lo anecdótico, el jugo de toda la historia del derrocamiento de Gorda Infame, el reinado de Las Tres Chotas (ya sé que dije Taradas antes, es que su identidad se iba modificando día a día, así que cabe la alteración nominal), y mi huida con pena y con gloria del sistema de educación secundaria. Lo prometo. Ya les spoileé el final (siempre quise escribir eso), por lo que tampoco es tan imperativo que les tire huesitos anecdóticos, sean pacientes, quien espera tres años puede esperar más.
Y si recién llegás y ya estás impaciente por leer todas las entradas anteriores de este bló, enterate: fue mi salvavidas en un momento duro. No mucho más.
El humor salvará al mundo, gurises.
Y el amor también, si me permiten ser paloma.
1 comentario:
Gracias.
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